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  • El transfuguismo entre partidos marca el preludio de la campaña electoral

Las líneas ideológicas de la izquierda y la derecha se han difuminado en México rumbo a las elecciones del 1 de julio. El transfuguismo de diversas figuras entre los principales partidos ha acaparado la información política rumbo a unos comicios en los que habrá más de 3.400 cargos en juego. Uno de los casos recientes fue el de la senadora del derechista PAN, Gabriela Cuevas, quien abandonó el partido después de fracasar en su intento de obtener una diputación. La legisladora afianzó su carrera en el partido haciendo oposición al Gobierno de Andrés Manuel López Obrador en la Ciudad de México. No obstante, Cuevas abrazó el domingo su proyecto: el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) de López Obrador.

El ejemplo de Cuevas no es el único. Las últimas semanas han estado marcadas por diversos movimientos. Simpatizantes del PAN se han sumado a la campaña de José Antonio Meade, candidato del PRI a la presidencia. Es el caso del exfuncionario Julio Di Bella y del senador Javier Lozano, quienes trabajaron en los Gobiernos de los conservadores Vicente Fox y Felipe Calderón. Morena también ha nutrido sus filas con políticos que han dejado otras organizaciones. “Se están difuminando las diferencias ideológicas, suponiendo que estas existían”, ironiza Roy Campos, presidente de la empresa demoscópica Consulta Mitofsky.

Los grandes partidos mexicanos han perdido identidad. “Se han estado desdibujando ideológicamente en los últimos años”, considera Hernán Gómez, un investigador del Instituto Mora, un centro de estudios sociales de Ciudad de México. Los analistas coinciden que el eje izquierda-derecha ha quedado rebasado en 2018. Estas elecciones se leerán de forma distinta. “El eje sistema-antisistema marca este proceso”, considera Campos.

El especialista en encuestas cree que este proceso tendrá coincidencias narrativas al que tuvo Podemos en las elecciones generales de diciembre de 2015 en España, las elecciones presidenciales de Guatemala en las que resultó ganador el comediante Jimmy Morales y las de Estados Unidos de 2016, en las que un externo se impuso a la lógica tradicional de republicanos y demócratas.

En México, López Obrador está tratando de sacudirse la etiqueta de candidato antisistema. “Se ha suavizado porque López Obrador se ha movido al centro matizando su discurso”, dice Campos. Una muestra reciente de este esfuerzo son sus declaraciones donde dice estar dispuesto a fumar la pipa de la paz con algunos de sus antagonistas históricos, como el expresidente Carlos Salinas de Gortari. Otro gesto conciliador fue la alianza de su partido con Encuentro Social (PES), un pequeño partido ultraconservador. Esta coalición, registrada ante la autoridad electoral en diciembre bajo el nombre Juntos haremos historia, complementada con el Partido del Trabajo (PT), es la apuesta más pragmática que López Obrador ha hecho en sus tres candidaturas presidenciales.

En 2006, el entonces militante del Partido de la Revolución Democrática obtuvo 14.7 millones de votos. Seis años después registró 15.8 millones gracias a otra coalición entre fuerzas progresistas. López Obrador ha aprendido la lección y ha difuminado la etiqueta de izquierdista para su tercer asalto a Los Pinos. “Tiene claro que la izquierda no es una fuerza mayoritaria, no llega al 30%. Una opción partidaria que quiere ser electoralmente exitosa necesita correrse al centro político”, considera Gómez.

López Obrador, de la mano de un partido conservador que lo ayudará a vigilar el voto en las casillas y que le aportará recursos y más tiempos oficiales para propaganda, ha cedido el monopolio de las propuestas progresistas. Su posición moderada presenta oportunidades para sus contrincantes.

Ricardo Anaya, el candidato de Por México al Frente (conformado por el PAN y el izquierdista PRD), ha intentado rebasar a López Obrador por la izquierda ofreciendo una renta universal básica anual de 530 dólares a todos los mexicanos reordenando los recursos de 6.500 programas sociales que existen en el país. Margarita Zavala, la esposa del expresidente Calderón y quien lucha por convertirse en candidata independiente, ha hecho suyo el tema de la desigualdad, por encima de López Obrador.

El movimiento de Morena al centro ha sido acompañado de gestos hacia el electorado tradicional de López Obrador. En su programa de Gobierno, el aspirante se compromete a duplicar el salario mínimo nacional con un incremento de 15% anual. El candidato también ha presentado a un gabinete de ocho hombres y ocho mujeres con perfiles de izquierda tradicional.

Los simpatizantes de Morena no descartan el arribo de nuevos tránsfugas al partido mientras López Obrador continúe liderando las encuestas. Eso, asegura Campos, crea la percepción en el elector de que los partidos que están expulsando cuadros se están desfondando. “Cuando ves las salidas en el PAN la gente piensa que no les gustó Anaya, que ya no le ven futuro”, dice el presidente de Mitofsky.

López Obrador pretende capitalizar ese efecto imán. “Quiere generar una imagen de desbandada en su favor”, dice Gómez. No obstante, algunas de las incorporaciones que ha tenido su campaña ha hecho levantar la ceja a más de uno de sus eventuales votantes. “Me parece que debería haber cierto filtro”, considera el académico.

El debate entre la izquierda y la derecha se ha desdibujado. “En esta elección se juega más la idea de sustituir la clase política tradicional por gente que no viene del Gobierno”, dice Gómez. En julio el electorado tendrá la última palabra.

Fuente: El País