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Eugenio Hernández Sasso

¿Será que la mayoría de los mexicanos ha perdido la capacidad de analizar y razonar? ¿Saltarán al vacío el 1 de julio y votarán para vivir una nueva aventura? ¿Se amarrarán al mástil de la cordura y elegirán al mejor hombre para gobernar o se irán con el canto de las sirenas?

México vive en la incertidumbre a causa del proceso electoral y el bombardeo de información y desinformación en medios de comunicación escritos, electrónicos y de Internet. A 20 días de la jornada electoral todavía hay muchos indecisos que pueden cambiar la percepción.

Los cuatro aspirantes a la silla presidencial: Andrés Manuel López, José Antonio Meade, Ricardo Anaya y Jaime Rodríguez se dicen triunfadores y, al mismo tiempo, se descalifican entre sí. Algunos hablan de unidad y promueven la división, proclaman la reconciliación y arengan a la hostilidad.

Las encuestas, descalificadas por los mismos que las engendran y dan a luz, ahora sirven para todo menos para pronosticar el triunfo de candidato alguno, con base quizá en las fallas de las predicciones gringas que le daban, hace casi dos años, el triunfo a Hillary Clinton.

Vemos cómo todo un pueblo, un país, está a punto de hacerse justicia por su propio voto, sin razonar, porque emocionalmente está en shock, está frustrado por tantos abusos que ya no le permiten reflexionar entre lo menos malo y lo peor.

México está a punto de elegir a un presidente de acuerdo al corazón del pueblo. Es decir, si México es un país de gente culta, votará mayoritariamente por el más culto; si México es un país de flojos, votará por un político flojo; si México es un país de mentirosos, votará por el candidato que más le mienta; si es corrupto, sufragará por un corrupto. No puede ser de otra manera, a menos que cambie su mentalidad.

¿Los electores se van a ir con el canto de las sirenas, serán hechizados por el discurso que endulza sus resentidos oídos? o se van a tomar un momento para razonar que no puede unir al país quien en la práctica lo ha dividido.

Sería increíble que los mexicanos votaran por aquellos políticos que critican y atacan la corrupción desde el discurso mientras se enriquecen a la sombra del presupuesto público, viven como reyezuelos y sus hijos son juniors que no difieren en nada de lo que sus padres enjuician en público.

Al calor de las campañas cualquiera promete y se compromete a realizar una cantidad de proyectos fantasiosos que, por el alto nivel de frustración, se convierten en la esperanza de ilusos, sin tomar en cuenta que en el desempeño del ejercicio del poder las cosas cambian por varias razones:

1. Cuando alguien llega a un cargo público se da cuenta que no tiene los elementos necesarios para hacer lo que quería. La realidad supera la percepción.

2. Se encuentra con una estructura oxidada, renuente a cambiar de ideas y, como son mayoría, terminan por bloquear y asfixiar los buenos deseos de quien prometió y se comprometió en algo.

3. Sacar de la pobreza a un pueblo no es sencillo, pues no tiene que ver con dinero sino con un estado mental. Es inaceptable que en un país rico haya gente pobre. Habría primero que cambiar la mentalidad de la gente, lo cual se llevaría muchos años hasta lograr una generación exitosa.

¿A qué nos lleva la temeraria promesa de volver ricos a todos los pobres? A sembrar la semilla para generar un gran conflicto, pues en un país como México, con un nivel muy alto de frustración en la sociedad, si la única esperanza que se han hecho para la elección de 2018 les falla, no me imagino las consecuencias de la inconformidad.

En ese escenario, sucedería tal vez lo que Alejandro Moreno, gobernador de Campeche, advirtió ante periodistas locales el Día de la libertad de expresión: “las aventuras y los saltos al vacío, no tengan ni la menor duda, van a tener y vamos a tener mucho tiempo para lamentar”.

Porque en estos tiempos de decisión se debe reflexionar y pensar qué es lo que le conviene a México. Hay que decidir con responsabilidad y pensar en la familia, en nuestros hijos, en el futuro de nuestras generaciones y no solamente en el seductor alivio temporal y pasajero de un sexenio.