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Stephen Collinson

Washington (CNN) – Será imposible explicar adecuadamente en las siguientes décadas lo que fue estar vivo durante el primer año agotador de la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos.

Desde el momento en que pisoteó las convenciones unificadoras del discurso inaugural al denunciar la “carnicería estadounidense”, Trump destrozó la normalidad política, al aumentar las divisiones raciales y sociales, los límites y el decoro de su cargo, e incluso levantando dudas sobre su fidelidad a los valores fundacionales del país.

Trump es como una tormenta intensa que nunca se apaga, ya que sus tuits en la madrugada –inyectados al sistema nervioso central de la nación– desencadenan atrocidades que anulan el debate político tradicional y hacen que los días parezcan semanas, las semanas meses y los meses años.

Las herramientas normales para evaluar a una presidencia –legislación aprobada, el poder global relativo de Estados Unidos, la salud de la economía, los niveles de aprobación del mandatario y la seguridad y prosperidad de la población– no pueden utilizarse para juzgar a Trump.

 Tales medidas convencionales no logran abarcar la presidencia totalmente anormal que se está desarrollando o el modo en que Trump –que siempre anhela la atención y la obtiene fomentando el caos– se ha abierto camino en todos los rincones de la vida del país.

Este domingo, en a raíz de sus supuestos comentarios sobre los países africanos “de mierda”, Trump les dijo a los periodistas “No soy racista”. La declaración en sí misma habla de lo inusual que es su actual gobierno.

Para Trump, la presidencia parece tratarse tanto de orquestar conflictos en el centro de un tornado, mientras se inclina por los tabúes nacionales, tanto como de la acumulación constante de victorias políticas y globales.

Victorias

 

Sin embargo, en sus propios términos, la presidencia de Trump también ha cumplido. Los miembros de su gabinete están implementando una agenda conservadora de línea dura que se encuentra remodelando silenciosamente a Estados Unidos. Sus nombramientos judiciales reconstruirán la jurisprudencia de una generación por venir.

Aunque tercamente ha realizado algunas de sus promesas de campaña más polémicas, las victorias del presidente han sido eclipsadas por el comportamiento que fascina a sus seguidores, pero que ofende a muchos otros.

Es una paradoja que la economía esté mejorando, que el mercado bursátil esté subiendo, que el desempleo esté en niveles mínimos durante los últimos 17 años y que ISIS ha sido prácticamente derrotado. Aún así, los niveles de aprobación de Trump son los más bajos de cualquier nuevo mandatario. Y Trump ha expresado reiteradamente su frustración por esa desconexión.

“No creo que alguna administración haya hecho alguna vez … lo que hemos hecho y lo que hemos logrado en su primer año”, le dijo Trump a su gabinete la semana pasada. “Los logros de nuestro país, de nuestra gente y de nuestra posición en el mundo han sido monumentales”, insistió.

En cierto sentido, Trump tiene razón: ninguna administración ha hecho lo que él hizo. Pero sus comentarios fueron típicamente de él: exagerando sus logros y exhibiendo una tendencia a crear su propia realidad en un gobierno que ha planteado desafíos sin precedentes a la verdad y a los hechos.

Este sábado, Trump cumplirá apenas su primer año en la presidencia. Pero ha acumulado un récord de rabietas, enfrentamientos y episodios impresionantes que harían que un gobierno completo de dos mandatos pareciera lleno, y marcado, de escándalos y amarguras.

La alocada cascada de eventos continuó desde su despido al director del FBI James Comey, la llegada del fiscal especial Robert Mueller, la vertiginosa investigación del posible papel de la campaña de Trump en la intromisión rusa a las elecciones de Estados Unidos, la insistente derogación de Obamacare, su equivocación sobre los manifestantes neonazis, el caos en el Ala Oeste … y esa vez que el presidente miró directamente al sol durante el eclipse.

Y la lista sigue: está la única reducción impositiva de una la generación, los ataques a los jugadores de la NFL con conciencia social, la autocombustión del exestratega en jefe de la Casa Blanca Steve Bannon, la extraña investigación pública sobre si el presidente de Estados Unidos es apto para el cargo –tras las revelaciones del impactante libro de Michael Wolff– y su provocación nuclear a Kim Jong Un.

Eso ni siquiera está cerca de una lista completa.

Instituciones bajo asalto

Si hay un tema subyacente durante el primer año de Trump, es su voluntad para burlar cualquier expectativa y restricción de su cargo: ya sea por su desprecio a las normas éticas relacionadas con su imperio comercial o su creencia de que tiene el “absoluto derecho” de hacer lo que quiera con el Departamento de Justicia.

También se trata de una tendencia evidente por atacar a las instituciones que actúan como controles de su poder, como las agencias de inteligencia, el poder judicial y la prensa, que cargarán con las cicatrices después de que haya dejado la Oficina Oval.

“Donald Trump no tiene ningún respeto por las reglas, ha burlado las reglas toda su vida”, señaló David Cay Johnston, periodista ganador del Premio Pulitzer, quien conoce a Trump desde hace 30 años y que lanzará su nuevo libro sobre el actual gobierno este martes.

“Es un dictador a la espera, habla como dictador y hará lo que él desee”, añadió Johnston, cuyo libro It’s Even Worse Than You Think: What the Trump Administration is Doing to America (Es incluso peor de lo que piensas: lo que el gobierno Trump le está haciendo a Estados Unidos) concluye que el hoy mandatario es el único presidente estadounidense que no busca políticas para el interés nacional.

“La presidencia de Trump es sobre Trump. Punto final”, escribió Johnston.

Si eso es cierto, el sistema político en sí enfrenta un desafío sin precedentes.

En este punto, parece lejos de la verdad que si el fiscal especial Mueller descubre que Trump obstruyó la justicia o conspiró con Rusia en la elección, la Cámara y el Senado dirigidos por el Partido Republicano tomarán medidas contra él y considerarán si es culpable de delitos y faltas graves.

Ese solo hecho significa que las elecciones de 2018 –en las que los demócratas apuntan a alcanzar triunfos importantes– podrían terminar siendo un referéndum de destitución. Trump ha negado vehemente y repetidamente cualquier delito.

Cambiando el mundo

Pero, no solo son las estructuras políticas internas las que están bajo la coerción de esta presidencia supremamente anormal. Trump empezó un cambio fundamental en el papel global de Estados Unidos durante este último año.

El consejero de seguridad nacional del presidente, H.R. McMaster, declaró el mes pasado que bajo Trump, el país había recuperado su “confianza estratégica”.

El gobierno ha presentado una estrategia de seguridad nacional dirigida a los “poderes revisionistas” –como China y Rusia–, que plantea como blanco a regímenes “corruptos”, como Irán y Corea del Norte, y los grupos yihadistas. Aún así, las acciones de Trump parecen ir frecuentemente en contra de esa estrategia, ya que idolatra al líder chino Xi Jinping y al presidente ruso Vladimir Putin, además de que sus decisiones de política exterior parecen dictadas no por la estrategia global sino por los deseos de su base política.

De nuevo, hay claros éxitos.

Su mandato ha intensificado y ha cumplido con los planes del gobierno del expresidente Barack Obama de derrotar a ISIS en Siria e impuso sanciones incluso más estrictas contra Corea del Norte.

Pero, como ocurre en casa, las acciones propias de Trump, sus tuits salvajes y los instintos de “Estados Unidos primero” han eclipsado sus logros. Ha convertido a su país –que durante tanto tiempo fue un baluarte de la estabilidad global– en un agente de alteración e imprevisibilidad. Su retórica sobre la raza y la religión amenaza con opacar el poder del ejemplo de Estados Unidos.

¿Qué viene ahora?

Una pregunta trascendental cuando Trump asumió el cargo, tras una campaña desenfrenada, fue si la presidencia lo cambiaría a él o si el cambiaría a la presidencia.

Ahora queda claro que las responsabilidades y el poder –que serenaron a la mayoría de los 43 hombres que desempeñaron el mismo trabajo antes que él– no han transformado a Trump.

Su enfoque desenfrenado es la razón por la que las personas que lo aman lo apoyan incluso con más intensidad después de un año, pero también es por eso que la mayoría del país teme que sea desastrosamente inadecuado para el trabajo y por lo que sus predecesores inmediatos en el club presidencial, en un movimiento inusual, lo han repudiado.

Trump permanece grosero, desenfrenado e impenitente. De ahí que es probable que su segundo año sea aún más agotador y perjudicial que el primero.

Fuente: CNN